8 de agosto de 2016

Las veces que me fui


Dedicado a todos aquellos de los que me he ido


De todas las veces que me fui, nunca tuve tantas ganas de volver, y nunca tuve tantas ganas de quedarme. Durante el viaje de Porto a Madrid, recordé la primera vez que llegué a Málaga. Ahora llevo la misma maleta de aquel entonces, está intacta, un poco percudida y 9 años más vieja, pero intacta. Al bajar en Méndez Álvaro, un señor mayor confundió mi equipaje con el suyo, por varios minutos ambos lo sujetamos asegurando ser sus dueños. Pero mi maleta es mi maleta.
 

En 2007, en el recorrido de mi casa al aeropuerto, recibí varios SMS de mi prima, que, desde Caracas me pedía que no olvidará en mi equipaje, todo lo que habíamos aprendido juntos durante nuestra infancia. Yo sabía perfectamente de qué me hablaba. Y sí, todo eso viajaba conmigo, en un recorrido larguísimo, primero de Puerto La Cruz a Caracas, después a Madrid y de allí a Málaga. En aquella ocasión, no solo me iba de mi país por primera vez, también de mi hogar. Al llegar, me di cuenta que la luz era distinta. Más tarde comprobaría que, en efecto, la luz del sol cambia en cada lugar, los tonos, el brillo y la forma como la luz cae sobre las cosas, las cubre e ilumina, son completamente diferentes de una latitud a otra. En ese entonces no lo sabía.

 


De nuevo Madrid de paso. La noche allí era necesaria. Mi prima me llevó a comer delicias porque, ella sabe que cuando la familia come junta, comulgan en ese momento los sentimientos de unión. Y el sabor y la calidad de los platos, la creatividad que los cocineros depositan en ellos, en todos esos lugares especiales de ricos aromas e irresistibles comidas de todo el mundo, donde siempre me lleva, recrean también el momento compartido, construido a base de sabores; atmósfera ideal para poner a prueba, como tantas veces, los lazos que nos unen. Asegurarme que siguen bien atados, me basta para continuar mi viaje. Compartir una buena mesa, es compartir la vida y es unirnos más a todo aquello a lo que hemos pertenecido siempre.

 
Llego a Málaga de tarde, y sí, la ciudad ha cambiado mucho.
Yo también.
La maleta sigue preservando todas aquellas cosas vitales que de ninguna manera podía olvidar en mi hogar. Espero que aquel señor confundido, encontrara su equipaje y llegara también a casa con todas sus pertenencias en buen resguardo. Más él, que ha vivido tanto y tiene muchas más cosas que llevar en sus viajes.
 

La Málaga de hoy se parece más a lo que siempre he imaginado debe ser, la ciudad de mis raíces. Y aunque sigo sin saber cuál es, de todas las veces que volví, esta fue con diferencia, la más sincera. Camino de verdad; y aquella pregunta que durante tantos años me acosó (¿qué hago aquí?), de repente pierde sentido, desaparece o se esconde quién sabe hasta cuándo, para dejarme hacer, creer, intentar y dar una nueva oportunidad al Gabriel que soy en aquí, distinto al que soy en Porto.
La próxima vez que me marche será más difícil, porqué en Málaga la maleta se sigue llenando, sin reemplazar nada, sino haciendo su propio espacio dentro de un universo que nació de una mata de mangos, que creció con los pies descalzos y la cabeza en las nubes, que robó todos los dulces de la nevera, que lideró una masa de primos a la felicidad de un gallinero y que perdió el miedo al mar en un muelle de Arapo. Eso, que es irremplazable, viajó en mi maleta las veces que me fui, y sigue creciendo porque, el pasado no es todo lo que uno puede atesorar. En este presente malagueño hay también muchísimas cosas, que, de aquí en adelante, deberán acompañarme, las veces que me vaya.

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